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NUNCA MÁS

 

Este 24 de marzo se conmemora una fecha trágica para Argentina y América Latina. Hace 49 años, las Fuerzas Armadas, apoyadas por sectores empresarios y la embajada norteamericana, impulsaron un golpe de Estado que desató una represión brutal que determinó la eliminación física de gran parte de una generación de trabajadores y estudiantes que lucharon por un mundo sin desigualdad, opresión y explotación. A modo de homenaje, reproducimos un fragmento de una gran obra literaria norteamericana que fue escrita casi setenta años antes del golpe de facto. Los invitamos a leer e imaginar que por un momento el autor no se refiere a los Estados Unidos, sino que está hablando de Argentina.

       

La historia se solidifica rápido. El aire vibraba con sucesos y hechos latentes. El país estaba al borde de unos tiempos difíciles causados por una tanda de años prósperos donde la complejidad de invertir el excedente no consumido en el extranjero se había tornado cada vez mayor. Las industrias trabajaban menos horas; muchas grandes fábricas permanecían ociosas en espera del agotamiento del excedente y los salarios se reducían a diestra y siniestra. 

Además, la gran huelga de operarios de máquinas fue masacrada. Doscientos mil operarios fabriles y maquinistas junto a quinientos mil aliados de los sindicatos metalúrgicos fueron derrotados en la huelga más sangrienta que se pudiese recordar en Estados Unidos. Una guerra sin tregua se había batallado contra pequeñas legiones de rompehuelgas armados y puestos en el campo por orden de las asociaciones gremiales de empresarios; las Centurias Negras, apareciendo en una serie dispersa de localidades, destruyendo propiedades; y, a consecuencia de ellos, cien mil soldados regulares del ejército de los Estados Unidos fueron llamados a poner un atroz punto final a todo el asunto. Varios líderes sindicales habían sido ejecutados, muchos otros habían sido encarcelados y, en tanto, una columna de huelguistas había sido arreada hasta rediles de toros para ser abominablemente tratados por los soldados. 

 Había que pagar por los años de prosperidad. Todos los mercados estaban saturados, todos estaban cayendo y, en medio del derrumbamiento general de los precios, el precio del trabajo fue el que se desmoronó más rápido. El país convulsionaba con discordias industriales. Los trabajadores se declaraban en huelga aquí, allá, en todos los rincones y, donde no había huelga, los capitalistas la provocaban. Los periódicos multiplicaban historia de sangre y violencia en todas participaban las Centurias Negras. Disturbios, ataques incendiarios y destrucción gratuita_ esa era su función y la ejecutaban con maestría. Todo el ejército regular ocupaba el país, llamado a filas a causa de las acciones de las Centurias Negras. Todas las ciudades y pueblos semejaban campamentos militares y los obreros caían abatidos como perros. Los rompehuelgas se sumaban a las inmensas legiones de desempleados y, cuando los sindicalistas los asediaban, siempre aparecía la tropa regular y arremetía contra los trabajadores. Luego estaba la milicia: por el momento no había sido necesaria la invocación de la ley secreta sobre milicias, solo la milicia regular había sido llamada a filas y estaba en todas partes. En estos días de terror, el gobierno amplió el ejército regular en cien mil puestos más. 

Los trabajadores jamás habían recibido una paliza tan rotunda. Por primera vez, los grandes capitalistas de la industria, los oligarcas, utilizaron todo su peso para colarse entre las fisuras de las asociaciones de empleadores. Estas asociaciones era prácticamente asuntos de clase media, ahora, compelidas por tiempos duros y mercados colapsados, y auxiliadas por los grandes capitanes de la industria, le propinaron una derrota horrible y decisiva al proletariado. Se trataba de una alianza todopoderosa, pero una alianza entre el león y el cordero, tal como descubriría prontamente la clase media.

 Extraído de El Talón de Hierro de Jack London (1908)  

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