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Al borde del abismo (segunda parte)

 


 

En esta segunda entrega, abordaremos como las diferentes corrientes historiográficas estadounidenses evaluaron el origen de la crisis y las intenciones de la U.R.S.S.; el manejo de la crisis por parte del presidente Kennedy, el peso de la burocracia en el proceso de toma de decisiones y la influencia de la política doméstica en las medidas de política exterior; y la finalización de la crisis y sus consecuencias. En segundo término, presentaremos el consenso historiográfico sobre la Crisis de los Misiles.

El origen de la Crisis de los Misiles

 La causa inmediata que desencadenó la Crisis de los Misiles fue el descubrimiento por parte de aviones espías norteamericanos que sobrevolaron Cuba de plataformas en construcción para el lanzamiento de misiles de alcance medio e intermedio. Ahora bien, el problema estriba en conocer porqué los soviéticos decidieron emplazar las rampas en Cuba. Las razones que los estudiosos han dado sobre la decisión soviética son fundamentalmente tres: defender a Cuba de una nueva invasión desde EE.UU. y salvaguardar a la revolución cubana, equilibrar la ventaja norteamericana en el plano de armas nucleares estratégicas, y, en tercer término, reforzar el orgullo nacionalista soviético reafirmando el derecho a emplazar armas nucleares en un área de influencia estadounidense considerando la agresión a la soberanía de la U.R.S.S que significó la instalación de misiles Júpiter en Turquía e Italia en 1959. 

La visión oficialista enfatiza que el objetivo primario de la U.R.S.S. fue reducir la superioridad norteamericana con respecto a la capacidad misilística nuclear (Hilsman, 1967). La posición oficial soviética niega este objetivo estratégico arguyendo que ya existían en 1962 ICBMs que podían ser lanzados desde la U.R.S.S. hacia EE.UU. Esta afirmación es refutada por Arnold Horelick y Myron Rush que señalan que en ese momento los soviéticos habían experimentado serias dificultades para hacer operativos sus ICBMs (Horelick y Rush, 1971). Por otro lado, desde esta tendencia se ha negado que EE.UU. estuviese planeando una nueva invasión a la isla. 


 

Los revisionistas plantean que la motivación central de la U.R.S.S. fue detener un plan de invasión a Cuba en marcha, y se basan en el fallido antecedente de abril de 1961 y las actividades norteamericanas de sabotaje en el marco de la Operación Mongoose. Appleman Williams señala que Kennedy continuó con una política imperialista que se manifestó en la invasión a Cuba de 1961 y la declaración pública sobre la superioridad en armas estratégica de EE.UU. que acorraló a los soviéticos. Esto impulsó a la U.R.S.S. a instalar las rampas misilísticas en Cuba como una forma de hacerle apreciar a los norteamericanos una amenaza que los soviéticos padecían desde hacía años (Appleman Williams, 1989).

 

Desde el posrevisionismo, Allyn, Blight y Welch basan su trabajo en el análisis de la conferencia soviético-norteamericana sobre la Crisis de los Misiles celebrada en Massachussets en 1987 y la reunión tripartita (con participación de estudiosos cubanos) realizada en Moscú en 1989. Estos tres autores muestran que la explicación oficial soviética sobre la razón para instalar los misiles fue el temor a una nueva invasión a Cuba por parte de EE.UU. (1989/1990). No obstante, apuntan que en la decisión de Khrushchev pudo haber pesado más la búsqueda del equilibrio estratégico (respondiendo al emplazamiento norteamericano de misiles en Turquía e Italia) y la impulsividad del líder soviético que no previó las consecuencias de su medida. A su vez, estos autores plantean que existió una percepción equivocada por parte de cubanos y soviéticos en relación con una nueva invasión norteamericana a la isla, ya que los documentos desclasificados muestran la falta de soporte político en la Casa Blanca a una medida de este tipo. Sin embargo, es cierto que en esferas militares estadounidenses había planes contingentes para invadir Cuba en octubre de 1962 y que estos proyectos pudieron ser malinterpretados por la inteligencia cubana y soviética, contribuyendo así a precipitar la instalación secreta de rampas en la isla. Patterson plantea que el impulso soviético provino de la articulación de dos aspectos. El primero y más importante fue evitar una nueva invasión norteamericana, y el segundo fue disminuir la ventaja estratégica misilística existente a favor de EE.UU (Paterson, 1990). Por su parte, Gaddis señala que el anuncio público por parte del gobierno de JFK de la extensa ventaja norteamericana en cuanto a armamento nuclear y el relativo equilibrio con relación a las fuerzas convencionales en Europa, empujó a los soviéticos a dos movidas desesperadas. La primera fue la amenaza a Berlín Occidental y la segunda el emplazamiento de rampas para misiles en Cuba. Según el autor, estas decisiones de Khrushchev constituyeron medios militares para lograr una negociación y una distensión en la Guerra Fría. Fue la respuesta firme pero restringida de Kennedy la que “... parece haber convencido a Khrushchev, después de Cuba, de que debía buscar la deténte por medios más directos (Gaddis, 1989). El enfoque de Chang y Kornbluh es que la crisis no debe verse como un conflicto puntual, sino más bien como la eclosión de un largo proceso de deterioro en las relaciones entre EE.UU. y la U.R.S.S, y entre EE.UU. y Cuba (1998). Por otro lado, éstos estudiosos enfatizan la preocupación de los soviéticos por los misiles Júpiter norteamericanos instalados en Turquía e Italia que serían operativos a partir de abril de 1962, sosteniendo que la respuesta de la U.R.S.S. en Cuba buscó equilibrar esta situación de desventaja estratégica.

John F. Kennedy durante la crisis

Un aspecto largamente debatido por los estudiosos de la Crisis de los Misiles es la actuación del presidente Kennedy y en que medida incidió en las diferentes decisiones que se tomaron durante esos días el EXCOM, órgano burocrático especialmente creado para resolver la crisis. Esta discusión se articula con la visión general sobre Kennedy, uno de los presidentes más populares de la historia norteamericana. En gran medida, esta popularidad se construyó a partir de la versión historiográfica oficialista que proclamó a JFK como un gran manejador de crisis, y a su labor durante la Crisis de los Misiles como el paradigma de conducción en una situación crítica. En contraste con su excelente imagen pública, la visión de JFK para el resto del mundo académico es predominantemente negativa.

 

La visión apologética resalta la actitud moderada, la tenacidad para lograr sus objetivos y la habilidad para ejercer una diplomacia enérgica que tuvo JFK en el manejo de la crisis. Éstos autores recalcan la irrevocable voluntad del presidente para mantener una premisa básica durante todo el enfrentamiento: los misiles soviéticos debían ser removidos de Cuba y las rampas desmanteladas. Salinger (1967) destaca la inteligencia de Kennedy al optar por una medida indirecta como el  bloqueo porque esto le dio una salida a los soviéticos evitando la guerra nuclear. Asimismo, resalta la imperturbabilidad y el autocontrol del presidente en los momentos más tensos. Arthur Schlesinger Jr. contribuye a acrecentar la figura de Kennedy como estadista puntualizando su consistencia, estabilidad y control para manejar la crisis, así como para diseñar e implementar la política de seguridad exterior. Esta imagen fue un poco distorsionada por algunos ex funcionarios de Kennedy como McNamara y Sorensen que señalaron que la crisis estuvo a punto de irse de control por errores de información, de cálculo y de interpretación cometidos durante el conflicto. Esta incontrolabilidad de la crisis se manifestó en la mala interpretación de supuestas “señales” de los soviéticos por parte de los negociadores norteamericanos o en la violación por error del espacio aéreo de la U.R.S.S. en el momento más tenso del conflicto.


 Desde el revisionismo, Richard Walton (1972) reprocha a JFK su desdén por el uso de las herramientas diplomáticas y el tono belicista de su discurso a la nación del 22 de octubre de 1962. En este sentido, plantea que una negociación basada en un retiro mutuo de misiles hubiese sido rápidamente aceptada por Moscú. En la misma línea, Fitzsimons (1972) asegura que Kennedy empujó al mundo al borde del holocausto nuclear por su conducción irreflexiva durante Crisis de los Misiles, que estuvo determinada por la ideología fuertemente anticomunista del presidente y su equipo.

 

Dentro del posrevisionismo se vislumbran varios matices a la hora de ponderar el manejo presidencial de la crisis. El más crítico, sin dudas, es Patterson (1989), para quien la actitud casi irracional con la que Kennedy impulsó el derrocamiento de Castro y la contrarrevolución en Cuba determinaron la crisis y llevaron al mundo al borde de una guerra nuclear. Por su parte, Kaufman (1995) presenta una visión más matizada sobre este punto. Para él, ni la U.R.S.S., ni EE.UU. pretendían una guerra, que estuvo mucho más lejos de estallar de lo que habían sostenido los oficialistas y los revisionistas. Además, destaca que Khrushchev tuvo una gran responsabilidad en el enfrentamiento, a la vez que discute las acusaciones revisionistas sobre la imprudente conducción de la crisis por parte de Kennedy, planteando que el presidente se manejo con relativo equilibrio. Alice L. George (2003) ofrece un enfoque de género para entender el rol presidencial durante la crisis. Para la autora Kennedy se manejó dentro del estereotipo masculino del héroe que se arriesga frente al peligro, es decir. “as a matador armed only with a cape and a sword” Asimismo, el presidente identificó la propia fuerza de su masculinidad con la potencia bélica del estado.

 

Otro tema de debate se vincula con la forma en que se tomaron las diferentes resoluciones. ¿Las medidas fueron dispuestas por Kennedy y sus asesores más cercanos o la burocracia estatal y el EXCOM tuvieron una participación trascendental? En su clásico trabajo sobre la crisis, Graham T. Allison (1971) sostiene que la influencia del EXCOM y la burocracia fue mayor que la del presidente y su círculo íntimo. Por el contrario, el revisionista Ronald Steel (1972) afirma que las decisiones claves para encontrar una salida negociada de la crisis fueron tomadas por Kennedy y sus hombres de confianza sin tener en cuenta al EXCOM. En este sentido, los posrevisionistas Blight y Welch (1989) enfatizan que Kennedy se apoyó mucho más en su hermano Robert Kennedy que en el EXCOM en la resolución de la crisis, ya que era muy dificultoso que el comité acordara alguna medida concreta. En este sentido, Allyn, Blight y Welch plantean que las decisiones durante el clímax de la crisis fueron tomadas por Kennedy y su grupo íntimo sin intervención del EXCOM. Sin embargo, Irving Lester Janis (1982) rescata la labor del EXCOM porque le ofreció al presidente y su grupo más cercano una serie de opciones y sus posibles consecuencias. Esto facilitó la labor del ejecutivo y evitó que hombres agotados y bajo una enorme presión tomaran resoluciones precipitadas.

 

Una cuestión adicional radica en saber en qué medida las cuestiones políticas domésticas influyeron en el manejo y la resolución de la crisis. Uno de los primeros en abordar este asunto desde el revisionismo fue James Nathan (1975). Este autor sostiene que la rígida actitud adoptada por el presidente frente al desafío soviético buscaba asegurar para el Partido Demócrata la mayor cantidad de bancas en las elecciones legislativas a celebrarse en noviembre de 1962. Thomas Paterson y William Brophy (1986) fueron los primeros en impugnar esta posición dentro del posrevisionismo. Ellos aseveran que las encuestas ya daban a los demócratas como ganadores en las legislativas antes del estallido de la crisis y, por lo tanto, estos comicios no condicionaron la forma en que el presidente Kennedy condujo el conflicto. Dentro de la misma corriente historiográfica, Richard Ned Lebow (1996) construye una hipótesis diferente. En su opinión, la política doméstica influyó en la actuación de Kennedy durante la crisis, pero en un sentido contrario al sostenido por Nathan. Es decir, Kennedy evitó un enfrentamiento militar con los soviéticos para mantener el apoyo dentro del Partido Demócrata de los senadores por Arkansas y Georgia, enemigos de una solución de este tipo. 

Desenlace de la crisis y sus consecuencias

 El consenso historiográfico sostiene que el final de la Crisis de los Misiles se concretó a partir de un pacto que comprometió a los soviéticos al retiro de las rampas y los misiles de Cuba y a los norteamericanos a no invadir la isla y retirar sus misiles de Turquía. En general, la mayoría de los estudiosos han coincido en afirmar que el corolario principal de la crisis fue que desde ambos bandos se propiciara un proceso de distensión en la Guerra Fría. En este sentido, la crisis instó a Kennedy a bajar el tono de sus discursos sobre política exterior y a buscar una relación más estable con la U.R.S.S. Estos cambios se reflejaron en el tratado soviético-norteamericano de Julio de 1963 que estableció la prohibición de realizar pruebas nucleares atmosféricas, y en otros acuerdos posteriores que posibilitaron la creación de una línea telefónica directa entre Washington y Moscú, la oposición de las dos superpotencias a la instalación de armas nucleares en el espacio exterior y la venta de trigo norteamericano a U.R.S.S.

 

Salinger (1967), secretario de prensa de Kennedy, menciona la lentitud del proceso de codificación, trasmisión, decodificación y traducción durante la crisis y el mejoramiento en la fluidez de las comunicaciones que significó la instalación del “teléfono rojo” entre Washington y Moscú. No obstante, Glenn T. Seaborg (1981), presidente de la Comisión de Energía Atómica durante la presidencia de JFK destaca que el acuerdo logrado con los soviéticos en julio de 1963 no cumplía con las expectativas de Kennedy y fue poco útil para aflojar las tensiones con los soviéticos.

 

La mirada revisionista no reconoce cambios positivos luego de la Crisis de los Misiles. Appleman Williams (1989) sostiene que, por el contrario, Kennedy salió fortalecido de la crisis y promovió un despliegue mundial de las fuerzas estadounidenses con la meta de prevenir o supeditar todo cambio que desafiara los intereses del imperio. En este sentido, continuaron los intentos para asesinar a Castro y desbancar al régimen cubano, a la vez se incrementaba la intervención en Vietnam.  Por su parte, Fairlie (1973) cuestiona la profundidad del compromiso de Kennedy con el freno a la carrera armamentista, planteando que en realidad se comportó como un típico Cold Warrior. El autor sostiene que el carisma y la retórica del presidente subyugaron a la población norteamericana, pero sus medidas concretas expandieron exageradamente las obligaciones del país y acentuaron los rasgos imperiales de la política exterior.

 

Desde el posrevisionismo, Chang y Kornbluh (1998) se separan de la opinión erudita generalizada sobre el fin de la crisis al subrayar que la documentación desclasificada disponible muestra que, a pesar de la insistencia soviética, no existió un compromiso formal por parte de EE.UU. de no invadir Cuba. Más aún, la propia administración Kennedy prosiguió impulsando luego de la crisis actividades de sabotaje e infiltración con la meta de derrocar a Castro. Con relación a las derivaciones del enfrentamiento, Thomas C. Reeves (1991) reconoce que luego de la Crisis de los Misiles el presidente enfatizó la negociación con los soviéticos para evitar la mutua destrucción. Sin embargo, Paterson (1989) sostiene que Kennedy aprendió poco de la crisis y continuó con sus proyectos destinados a derrocar a Castro del poder. En esta línea, Desmond Ball (1980) marca que más allá del acuerdo de julio de 1963, JFK impulsó la producción de mil misiles Minuteman. Según el autor, esta decisión se basó en presiones políticas internas y no en necesidades militares objetivas. Por su parte, Gaddis (1989) observa que la distensión posterior a la crisis se explica mejor por los cambios en la actitud soviética que por transformaciones en la estrategia de respuesta flexible de JFK. Fue el abandono por parte de la U.R.S.S. de una política de gran impredecibilidad y llena de intimidaciones como las de Berlín y Cuba, lo que abrió la chance de una détente.


 

Consideraciones finales

 

El análisis de la actuación del presidente Kennedy durante el conflicto separó largamente a oficialistas y revisionistas. La mirada invariablemente aprobatoria de los primeros fue atacada frontalmente por los segundos, que subrayaron la responsabilidad del presidente por aproximar al mundo a una guerra atómica desplegando una diplomacia excesivamente agresiva. El consenso posrevisionista rescata ciertas decisiones de Kennedy durante el conflicto orientadas a buscar una salida negociada. Otro aporte del posrevisionismo está constituido por el desarrollo de una interpretación que pondera variables no muy observadas por las otras dos tendencias historiográficas como el rol jugado por los diferentes entes burocráticos (en especial el EXCOM) y la influencia que tuvieron las cuestiones políticas internas en la resolución de la crisis.

 

Con relación a las consecuencias de la Crisis de los Misiles, existe cierta coincidencia entre los estudiosos revisionistas y posrevisionistas en afirmar que la resolución del conflicto no tuvo un influjo decisivo en la configuración de la política de seguridad de norteamericana. La política exterior de Kennedy expandió los compromisos de EE.UU. en el planeta pero no perseguía un enfrentamiento directo con la U.R.S.S. Es decir, la búsqueda de una estabilización de las relaciones internacionales ya estaba presente antes de la crisis en la estrategia de Respuesta Flexible. Por lo tanto, la resolución de la crisis incidió más en la política de seguridad soviética, que desde 1963 se orientó a buscar una distensión con EE.UU. privilegiando el empleo de las herramientas diplomáticas.

 

La Crisis de los Misiles fue la coyuntura particular de la Guerra Fría que más aproximó al planeta a una guerra nuclear. Sin embargo, la desclasificación de documentos de EE.UU. y la ex U.R.S.S., y las conferencias tripartitas con la participación estudiosos y protagonistas de los hechos han permitido construir una interpretación del conflicto que matiza la visión apocalíptica compartida por oficialistas y revisionistas. Así, la posición posrevisionista muestra que ni Washington, ni Moscú querían un enfrentamiento nuclear. Es decir, una guerra atómica no era un medio coherente con las metas políticas y estratégicas en materia de seguridad de ambas superpotencias. Por un lado, la U.R.S.S. padecía una notable desventaja misilística estratégica con respecto a EE.UU., y procuró, más allá de algunos gestos ambiguos, un relajamiento de las hostilidades en el contexto de la Guerra Fría desde la muerte de Stalin en 1953. Por otro lado, la estrategia de respuesta flexible que implementó Kennedy suponía reducir la dependencia de la disuasión atómica y responder simétricamente a los retos exteriores con el objetivo de evitar la coalición de fuerzas hostiles a EE.UU. Por lo tanto, un ataque nuclear a Cuba no emergía como un medio útil para alcanzar los objetivos estratégicos dado que hubiese impulsado la unión del comunismo internacional y aparecía como una respuesta asimétrica frente al desafío trazado por los soviéticos. Pero, si bien el análisis de la estrategia de seguridad y los objetivos políticos de las superpotencias parece darle la razón a los posrevisionistas en cuanto a que el peligro de una guerra nuclear no fue inminente, el examen de varios eventos ocurridos durante la crisis contradice esta afirmación.

 

El día 26 de octubre de 1962 Khrushchev envío una carta a Kennedy en la que accedía a retirar las rampas y los misiles de Cuba si a cambio EE.UU. asumía el compromiso de no invadir la isla. El 27 de octubre, cuando aún el presidente Kennedy y el EXCOM elaboraban una respuesta a este mensaje, un nuevo despacho desde Moscú sumaba una exigencia: se debían retirar los misiles emplazados en Turquía. El mismo día un avión espía norteamericano fue derribado en Cuba por una división antiaérea comandada por oficiales soviéticos. Por último, en la misma jornada un avión espía norteamericano ingresó por equivocación en el espacio aéreo de U.R.S.S. Lo que reflejan estos incidentes, más allá del debate existente acerca de sus causas, es que, como mínimo, ni Kennedy, ni Khrushchev mantenían un control férreo sobre sus recursos militares y diplomáticos durante la Crisis de los Misiles. Por el lado soviético, el envío de las dos cartas muestra que existía una línea más dura dentro del Kremlin con respecto a la resolución del conflicto. Asimismo, el U-2 derribado en Cuba puede interpretarse como un acto de estos halcones destinado a presionar a Khrushchev o bien como un hecho alentado por los cubanos ya que veían que sus propios objetivos no eran tenidos en cuenta en la negociación Khrushchev-Kennedy. Del lado norteamericano, los vuelos espías no autorizados por Kennedy manifiestan también la existencia de fuerzas en el Pentágono que propiciaban una escalada militar de la crisis. De esta forma, ni la agresividad soviética planteada por los oficialistas, ni una política de seguridad imperialista impulsada por las fuerzas capitalistas norteamericanas sostenida por los revisionistas se vislumbran como explicaciones satisfactorias del apremiante peligro de guerra nuclear. Mas bien, fue la incontrolabilidad por parte de los conductores políticos de ambas superpotencias de los diferentes órganos burocráticos encargados de implementar sus respectivas políticas de seguridad, o bien los intereses contradictorios con ésa política al interior de estas burocracias, los que pudieron haber desencadenado una escalada bélica del conflicto. 

Léase

ALLISON, Graham T. (1971), Essence of Decision: Explaining the Cuban Missile Crisis, Boston.

ALLYN, Bruce J, BLIGHT, James, G. and WELCH, David, A. (1989/1990) , “Essence of Revision: Moscow, Havana and the Cuban Missile Crisis” en International Security 14, Nro 3.

APPLEMAN WILLIAMS, William (1989), El imperio como forma de vida, Fondo de Cultura Económica.

BALL, Desmond (1980). Politics and Force Levels: The Strategic Missile Program of the Kennedy Administration, Berkeley.

BLIGHT, James, G. and WELCH, David, A. (1989), On the Brink: Americans and Soviets reexamine the Cuban Missile Crisis, N. York.

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FAIRLIE, Henry (1973). The Kennedy Promise: The politics of Expectation, N. York.

FITZSIMONS, Louise (1972). The Kennedy Doctrine, N. York.

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GEORGE, Alice L. (2003), Awaiting Armageddon: How Americans Faced the Cuban Missile Crisis., University of North Carolina Press.

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PATERSON, Thomas G. (1989) Kennedy´s Quest for Victory: American Foreign Policy, 1961-1963, N. York.

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