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La primera huelga de los dioses

 


Este relato lejos de narrar la primera huelga de la Historia, ya que como tal queda pequeña, nos sitúa en un tiempo y un espacio primordial, muy anterior y completamente ajeno a lo humano. Se trata de un fragmento de un texto de carácter mitológico titulado Enuma ilu awilum que podría traducirse como “Cuando los dioses estaban todavía haciendo de hombres”. Sus protagonistas, por lo tanto, son dioses, pero han sido creados a partir del imaginario de las personas, se comportan del mismo modo, tal y como veremos, ante situaciones adversas.

 

El relato también es conocido como Atrahasis (“El muy sabio”) y nos ha llegado en varias copias realizadas a lo largo de la historia, aunque en un estado muy fragmentario. No obstante, con todos los testigos que reunidos se ha podido reconstruir la historia casi en su totalidad. El manuscrito firmado y datado por un copista llamado Kasap-aya en tiempos de Ammi-saduqa (1646 – 1626 AC) es que se ha conservado más íntegramente. Actualmente se encuentra en el British Museum de Londres. Es un extenso poema de la creación que abarca desde el origen del mundo a la creación del hombre, comprendiendo la narración del Diluvio. Básicamente se trata del equivalente al Génesis para la cultura judeocristiana. En este artículo nos centraremos en el fragmento dónde se menciona esa especie de conflicto laboral entre los dioses menores y los mayores:

   

“Cuando los dioses estaban todavía haciendo de hombres, ellos estaban sometidos a trabajos y fatigas. Considerable era su trabajo, su fatiga era pesada, infinito su quehacer. Los grandes [dioses] Anunnaki, en número séptuple, imponían el trabajo a los [dioses] Igigi. El padre de todos ellos, Anu, era su rey; Enlil, el valiente, su soberano; Ninurta, su prefecto; y Ennugi, su contramaestre. Puestos de acuerdo, los grandes dioses habían cogido el cubilete en sus manos, habían echado suertes y repartido sus lotes: Anu había subido al cielo; Enlil había tomado la tierra como su señorío, y el cerrojo, que hace de barricada al mar, había sido entregado a Enki, el príncipe. Después de que Anu hubo subido al cielo, y Enki descendiera al Apsu [el Abismo], fue entonces cuando los Anunnaki de los cielos impusieron a los Igigi su trabajo obligatorio".

 

Los Igigi excavaron los cursos de agua, abrieron los canales que vivifican la tierra. De aquella manera excavaron ellos el curso del Tigris y después el del Éufrates. Durante cien años ellos trabajaron, durante quinientos años continuaron trabajando. El trabajo les retuvo otros novecientos años. ¡Llegaron a trabajar durante mil años! Cuando hubieron amontonado todas las montañas, hicieron el descuento de sus años de fatigas. Cuando hubieron organizado el gran marjal meridional, hicieron el descuento de sus años de fatigas. Dos mil quinientos años, o incluso más, habían soportado los Igigi, día y noche, esta pesada carga de trabajo. Entonces [los dioses Igigi] se pusieron a despotricar y a recriminar, quejándose de sus trabajos de excavación: ¡Vayamos a encontrar al prefecto –se dijeron–, a nuestro jefe, a fin de que aparte de encima de nosotros el pesadísimo trabajo! ¡Venid! Vayamos a sacar de su casa al valiente soberano de los dioses. ¡Venga! Vayamos a sacar de su casa a Enlil, el valiente, el soberano de los dioses. O, mejor, ¡proclamad la guerra, añadamos la batalla al combate! ¡Matémosle! Los dioses oyeron su llamada y quemaron sus herramientas: arrojaron al fuego sus azadas y sus espuertas a las llamas.

 


 

 Agrupados tumultuosamente se marcharon a continuación a la puerta del santuario de Enlil, el valiente. Kalkal, el portero del templo de Enlil, viendo aproximarse a la turbamulta de dioses “hizo cerrar [el templo]: maniobró el cerrojo y vigiló la puerta. Después Kalkal despertó a Nusku [sirviente del dios Enlil], mientras se oía el clamor de los Igigi. Nusku despertó a su señor, sacándole de su cama. El dios Ea, abriendo su boca, se dirigió a los dioses, sus hermanos: ¿Por qué los calumniaremos [a los Igigi]? Su trabajo era pesado, infinita su labor. Cada día han trabajado. Pero su desgarradora llamada era cosa grave. Pero existe un remedio para esto. Dado que Belet-ili, la procreadora, está aquí, que ella fabrique un prototipo de hombre, un lulu awilum: será él quien llevará el yugo de los dioses, quien portará el yugo de los Igigi. Es el hombre quien será el encargado del trabajo de ellos”.

 

El panteón sumerio comprendía dos niveles de dioses con sus tríadas correspondientes (An, Enlil y Enki / Zu-en, Utu e Inanna). Los grandes dioses celestiales eran los Anunna (Anunnaki en acadio) y los dioses inferiores, los Igigi, eran los que se ocupaban de las tareas “terrenales” en un primer momento y, de intermediarios con la humanidad cuando ésta fue creada a raíz de su sublevación.

 

En cuanto a la realidad histórica del texto bien se puede pensar que pudo ocurrir alguna clase de conflicto parecido a lo que nosotros conocemos como huelga y que se resolvió del modo menos violento, pero, al mismo tiempo, fatal para la humanidad. De la lectura se deduce que la humanidad fue creada sin ningún elemento divino que era el que permitió a los Igigi sublevarse contra sus amos. No obstante, la causa se reconoce como justa, lo que podría dar a entender que los nuevos soberanos de la recién creada humanidad deberían actuar del mismo modo que sus homólogos celestiales cuando se enfrentasen a una situación semejante a riesgo de caer en desgracia por ir en contra del modo de obrar de los dioses en el pasado.

 

Es indudable que se trata de un texto de orden mitológico, pero también podríamos enmarcarlo dentro del género sapiencial (tan explotado por los egipcios) que trataba de dar salida mediante el ejemplo de la experiencia divina a problemas que sin duda se plantearían a un nivel más terrenal ya, incluso, en los primeros compases de nuestra Historia.

 

Este relato, de una enorme antigüedad, podría reflejar la respuesta de las primeras sociedades complejas a los nuevos problemas que (auto)generaron por su propio progreso; soluciones concebidas por la humanidad ante problemas creados por ella misma y no por la naturaleza, como había ocurrido hasta la aparición de la civilización.


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