Hispanos y visigodos fueron perseguidos y castigados durante los primeros siglos del cristianismo en España debido a las herejías que provocaron la ira de Roma.
Las provincias de Hispania fueron las primeras en conocer las ideas cristianas en el Occidente del Imperio Romano y conocemos el nombre de obispos presentes en Sevilla, Málaga o Mérida desde el siglo III. No obstante, el cristianismo hispano no siempre fue fiel a la doctrina católica defendida por el Papa y el emperador de Roma. Las herejías hispanas fueron poderosas y dieron lugar a mitos como el Camino de Santiago en la Alta Edad Media.
El pueblo germánico de los godos fue evangelizado en sus orígenes por el obispo Ulfilas. En lugar de enseñarles el cristianismo según la fe católica, Ulfias evangelizó a los godos mediante las ideas del arrianismo, una interpretación del cristianismo más sencilla y comprensible desarrollada por Arrio de Alejandría a comienzos del siglo IV.
El arrianismo se diferenciaba del catolicismo en su rechazo a la Trinidad compuesta por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Según los arrianos, Jesucristo se encontraba subordinado a Dios como el Hijo al Padre y no en igualdad como sostenían los defensores del Dios Trinitario. La figura de la Virgen María tampoco era bien aceptada por los arrianos, influidos por el gnosticismo y el maniqueísmo oriental.
El evangelizador Ulfilas instruyó a los godos en las enseñanzas arrianas y tradujo al Biblia a la lengua gótica. Los paganos adoptaron rápidamente el arrianismo, más sencillo de comprender para los neófitos, y cuando los visigodos llegaron a Hispania a mediados del siglo V, llevaron consigo la herejía condenada durante el Concilio de Nicea del año 313.
En el Imperio de Occidente, sin embargo, la mayoría de la población era católica. Hispania y sus diócesis se mostraban fielmente del lado del Concilio de Nicea y el Papa de Roma, pero algunos obispos arrianos, como Sunna de Mérida, poseyeron gran influencia en la corte de los reyes visigodos.
El enfrentamiento entre los visigodos arrianos y los hispanorromanos católicos caracterizó el inicio del reino de Toledo hasta que el rey Recaredo abandonó las doctrinas de Arrio, durante el III Concilio de Toledo del año 589. La conversión de los visigodos al catolicismo terminó con las divisiones jurídicas entre ambos pueblos y el reino visigodo de Toledo pudo afrontar unido la conquista de la provincia bizantina de Spania.
El priscilianismo podría considerarse como la más hispana de las herejías por su pervivencia y origen entre el clero del noroeste de Hispania durante los siglos III y VI. Su ideólogo fue el obispo Prisciliano de Ávila, nacido en Lusitania o Galicia durante el siglo IV, en el seno de una familia aristocrática.
Prisciliano estudió teología en Burdeos y pronto se mostró en contra del cristianismo oficial vinculado al poder del emperador de Roma, corrupto y alejado de las enseñanzas fundamentales de Jesucristo. Las ideas de Prisciliano defendían un cristianismo asceta y alejado de las riquezas, abierto a las mujeres, al matrimonio de los clérigos y cercano al arrianismo en su rechazo a la Trinidad.
El priscilianismo adquirió una veloz popularidad entre las mujeres y las clases populares de Galicia y Lusitania, y además de Prisciliano, conocemos los nombres de otros obispos hispanos como Instancio y Salviano que defendieron las ideas priscilianistas en oposición a los católicos. Al otro lado de los Pirineos, existía también una numerosa comunidad priscilianista en Aquitania.
La costumbre de los priscilianistas de reunirse en círculos de hombres y mujeres donde laicos leían y explicaban los Evangelios apócrifos despertó las sospechas de la Iglesia católica hispana hasta llegar a oídos del emperador Graciano. Roma excomulgó a los priscilianistas, y a pesar de que Prisciliano viajó hasta la capital para conseguir su perdón, aquello significó el comienzo de una larga persecución.
En el año 384, Prisciliano es convocado a Burdeos junto con sus principales seguidores para someterse a juicio. Una vez en la ciudad, una turba de católicos lapidó hasta la muerte a Urbica, discípula de Prisciliano, acusándoles de brujería y adoradora del Demonio. La trampa estaba tendida por los obispos católicos, y un año más tarde, Prisciliano y sus discípulos fueron decapitados en Tréveris, por orden del usurpador Magno Clemente Máximo.
El priscilianismo, sin embargo, pervivió durante siglos en Galicia y el noroeste peninsular, gracias a la tolerancia de los reyes suevos; y sólo comenzó a retroceder cuando los visigodos convertidos al catolicismo conquistaron el reino suevo. Una de las teorías más populares respecto al origen del Camino de Santiago sostiene que es el cuerpo decapitado de Prisciliano, y no de Santiago, quien descansa en la cripta de la catedral desde tiempos antiguos.
Durante los siglos VI y VII, la Iglesia católica hispana gozó de un poder reflejado en las actas de los Concilios de Toledo. No obstante, los obispos católicos debieron enfrentarse a la difusión de numerosas herejías presentes sobre todo en la Bética, lugar frecuentado por extranjeros que traían consigo ideas orientales como el maniqueísmo, el nicolaísmo o el docetismo.
La situación de la Iglesia católica hispana cambió radicalmente con la llegada de los musulmanes en el 711 y la caída del reino visigodo de Toledo. La otrora poderosa jerarquía eclesiástica se vio relegada durante el gobierno de los Omeyas y un creciente número de cristianos hispanos apostataron de su fe para adoptar el Islam de los recién llegados.
El obispo Elipando, metropolitano de Toledo a finales del siglo VIII, intentó enderezar la situación mediante la creación de una corriente cristiana que se aproximaba al Islam, rechazando la concepción divina de Jesucristo y la intercesión de la Virgen María. Según Elipando, inspirado por las ideas de Arrio, Jesús fue "adoptado como hombre" por Dios durante el bautismo, y tal como creían los musulmanes, no pudo nacer como Dios del vientre de María.
El llamado adopcionismo de Elipando de Toledo encontró una gran oposición en el recién nacido Reino de Asturias. El monje Beato de Liébana intercambió ásperas cartas con Elipando acusándole de profano y "saco de excrementos de asno", antes de lograr que el mismísimo emperador Carlomagno interviniese para frenar las ideas del poderoso metropolitano de Toledo.
A finales del siglo VIII, el Imperio Carolingio se extendía hasta la Marca Hispánica y los condados del norte de la actual Cataluña. Preocupado por la difusión del adopcionismo toledano en sus territorios, Carlomagno convocó un concilio en Fráncfort en el año 794 para condenar las tesis de Elipando, que contó con la presencia del papa Adriano I. Dicha condena supuso el final de la expansión del adopcionismo más allá de Al-Ándalus.
La disputa entre los eclesiásticos de Asturias con la Iglesia de Toledo significó la independencia del nuevo reino respecto a la antigua iglesia mozárabe de tradición visigoda, y el debate entre Elipando y Beato resultó en la creación del mito de la evangelización de Hispania por el apóstol Santiago.
La intención de Beato y los eclesiásticos norteños consistía en desvincular a la nueva iglesia asturiana de los "errores" cometidos por los toledanos, que provocaron el "castigo divino" de la invasión musulmana. El apóstol Santiago significaba un nuevo pasado para la nueva iglesia del reino de Asturias, y es en aquellos años cuando, sospechosamente, surgen las primeras noticias del descubrimiento de las reliquias de Santiago el Mayor en Compostela



Comentarios
Publicar un comentario