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La Gran Redada

 El 30 de julio de 1749, una disposición autorizada por el rey Fernando VI y organizada en secreto por el marqués de la Ensenada produjo un hecho invisibilizado en la historia de España: el intento de exterminio de los gitanos españoles conocido como la Gran Redada o Prisión general de gitanos. En el presente escrito abordaremos este acontecimiento como parte de una política más general hacia los gitanos y que trascendió el tiempo y el espacio. 


Persecución y represión

    La política antigitana en la península ibérica se remonta a los orígenes del absolutismo español. Los primeros en legislar en contra de los gitanos fueron los Reyes Católicos, que en una pragmática fechada en 1499 ordenaron cortarles las orejas y desterrar a aquellos que no tuviesen oficio ni señor: 

"Mandanos a los egipcianos [gitanos] que andan vagando por nuestros reinos y señoríos-... que vivan por oficios conocidos... o tomen vivienda de señores a que sirvan... Si fueren hallados o tomados, sin oficio, sin señores, juntos... que den a cada uno cien azotes por la primera vez y  los destierren perpetuamente de estos reinos, y por la segunda vez que les corten las orejas, y estén en la cadena y los tomen a desterrar como dicho es..." 

    No fueron expulsados como judíos y moriscos, pero los gitanos tuvieron que hacer frente a una catarata de leyes que ponían cerco a sus movimientos y asentamientos. La aplicación de esta política represiva tuvo un doble propósito para el matrimonio real. Primero, la expansión y entrega de tierras pertenecientes a las comunidades moriscas, judías y gitanas a los miembros de las cortes. Segundo, desplazar la atención de los sectores rurales y urbanos, arruinados por la peste y la usura, hacia estos expiatorios. 

    La primera gran redada se produjo durante el reinado de Felipe II, cuando una vez instaurada en 1539 la pena de galeras para los gitanos, se decidió reponer los remeros perdidos en incontables batallas navales a través de una leva general, en la que se hizo especial incidencia en la captura de todos los gitanos varones que fueran aptos para empuñar un remo. Aunque parezca exagerado, el reclutamiento forzoso de gitanos es el resultado de la necesidad del Estado absolutista por mantener el control político en Europa. Para ellos necesitaba reclutar ejércitos y solventar los onerosos costos  de la guerra. Por lo tanto, no importaba la presencia de gitanos en la flota con tal de garantizar la seguridad territorial y el ingreso de los metales preciosos provenientes de América. 

    Además, el afán del Estado absolutista por la homogeneización de sus súbditos fue generando en la primera mitad del siglo XVIII nuevas normas de mayor dureza, como la persecución de los matrimonios según ritos ajenos al catolicismo o de la lengua caló. Culpados del aumento de la delincuencia, impulsada por la miseria desatada por las guerras de la monarquía, en los círculos del poder fue ganando terreno el plan de exterminio. En 1721, ya durante el reinado de Felipe V, se creó la Junta de Gitanos con el objetivo de hallar una solución a este dilatado "problema". Con el paso de los años, al constatar que no había sido posible erradicar las costumbres gitanas, se concluyó que la mejor solución era expulsarlos.

La redada

    El tema pasó a un segundo plano hasta la aparición del marqués de la Ensenada, ministro que fue moldeando el plan cuando Fernando VI fue proclamado rey en 1746. El momento clave fue 1748, año en el que se abolió la pena de remar en galeras. El mismo año en el que el marqués de la Ensenada, a través del cardenal Valenti, logró obtener del papa Benedicto XIV la exclusión de los gitanos del asilo eclesiástico, salvando al fin el principal obstáculo y válvula de escape de los perseguidos. Luego de la orden de Fernando VI de apresar a las familias gitanas, una Instrucción Real del 28 de octubre de 1749 se dictó:

"Por los graves motivos, que ha hecho muy notorios el atrevimiento de los que se llaman gitanos, pues con la insolencia de sus perversas inclinaciones, continuamente se han hecho poco sufridas sus familias en los vecindarios señalados, resolvió la piadosa justificación de Su Majestad así por el alivio de sus Pueblos como por contener, y enmendar de una vez a esta multitud de gente infame, y nociva, el que se recogiesen cuantos habitaban en estos Dominios con el nombre y opinión común de gitanos".

    La organización se llevó a cabo en secreto, se prepararon instrucciones minuciosas para cada ciudad, que debían ser entregadas al corregidor por un oficial del ejército enviado al efecto. La orden era abrir esas instrucciones el día 30 de julio, estando presente el corregidor y el oficial, para lograr la simultaneidad de la operación. También se prepararon instrucciones específicas para cada oficial, que se haría cargo de las tropas que debían llevar a cabo el arresto. Ni el oficial, ni las tropas conocían hasta el último momento el objetivo de su misión. Ambas órdenes iban introducidas en un sobre, al que se añadió una copia del decreto eclesiástico, e instrucciones para los obispos de cada diócesis. Esos sobres se remitieron a los capitanes generales, previamente informados, que escogieron a las tropas en función de la ciudad a la que debían dirigirse. Las instrucciones estipulaban que, tras abrir los sobres, se mantendría una breve reunión de coordinación del ejército y las fuerzas de orden público locales (alguaciles, etc.).



    Tras el arresto, los gitanos deberían ser separados en dos grupos: todos los hombres mayores de siete años en uno, y las mujeres y los menores de siete años en otro. A continuación, y según el plan, los primeros serían enviados a trabajos forzados en los arsenales de la Marina, y las segundas ingresadas en cárceles o fábricas. Los arsenales elegidos fueron los de Cartagena, Cádiz y Ferrol, y más tarde las minas de Almadén, Cádiz y Alicante entre otras, así como también algunas penitenciarías del norte de África. Para las mujeres y los niños se escogieron las ciudades de Málaga, Valencia y Zaragoza. Las mujeres tejerían y los niños trabajarían en las fábricas, mientras los hombres se emplearían en los arsenales, necesitados de una intensa reforma para posibilitar la modernización de la Armada Española. La separación de las familias (con el evidente objetivo de impedir nuevos nacimientos) fue uno de los rasgos más crueles de la persecución.

Pasividad o Resistencia

    En un principio, los gitanos no hicieron resistencia alguna. Solo cuando se procedió a separar a los miembros de las familias; los gritos, los llantos y los forcejeos fueron inevitables. De la actitud no violenta de los capturados da idea el hecho de que en muchos lugares, aquellos que habían logrado huir fueron presentándose días después. Igualmente, en muchos otras poblaciones donde no llegó la orden, la comunidad gitana, aunque sabedora de la redada, permaneció en espera de acontecimientos por creer que la medida sólo afectaba a unos pocos.

    La meticulosa organización de los arrestos contrasta con la imprevisión y el caos en que se convirtió el traslado y el alojamiento. Tal cantidad de gente generó numerosos problemas logísticos: el hacinamiento y la falta de víveres en los arsenales desembocaron en escándalos y motines. El marqués de la Ensenada, ya en septiembre, reconocía que "falta lo principal, que es darles destino": quería enviarlos a América pero Felipe II ya lo había prohibido dos siglos antes. Por si esto no fuese suficiente, el rey se mostró entonces molesto por lo desproporcionado de la medida y se decidió por una instrucción fechada el 28 de octubre la liberación de todos los gitanos que acreditaran su buena forma de vida. La envergadura del proyecto se mostró muy por encima de los medios disponibles en aquella época, ya que se carecía de los necesarios recursos económicos y humanos para completarlo.

    Según la documentación conservada, la actitud de los gitanos fue variable. Desde la colaboración y la denuncia hasta la petición de misericordia al Rey por parte de ciudadanos, lo que es una muestra del variado grado de integración que tenía la población gitana de entonces. Fueron las mujeres gitanas las que mostraron una mayor rebeldía, especialmente en la Casa de Misericordia de Zaragoza, donde se produjeron grandes y repetidas evasiones, muchas veces con éxito. Además, para hacer más gravosa su estancia rompieron sus vestidos hasta quedarse desnudas en señal de protesta. La resistencia de los gitanos presos, su firme negativa a trabajar en los arsenales, sus fugas, pero sobre todo las protestas violentas provocadas por las gitanas presas forzaron el indulto regio de 1763, ya reinando en España Carlos III.

El antigitanismo ayer y hoy

    Desde la Pragmática de 1499 se dictaron alrededor de 200 leyes contra los gitanos.  Pero es importante destacar que la represión y persecución de las comunidades gitanas trascendió al territorio y la cronología del Estado absolutista español. Existe documentación que los reinos de Portugal e Inglaterra obligaron a las comunidades romaníes (gitanas) a poblar las colonias en Brasil y el sur de Norteamérica. El movimiento migratorio gitano se incrementó por las persecuciones sufridas en Francia, Alemania y los países del este europeo. De hecho, en la región de Moldavia y Valquiria, se pegaban anuncios en los monasterios y tabernas donde se ofrecían a las familias gitanas como mano de obra esclava en 1864. En Francia se dictó una ley sobre el ejercicio de las actividades y venta ambulantes y la circulación de los nómadas. Los romanía debían moverse con un carné antropométrico de identidad. 

 Durante el régimen nazi, los gitanos -al igual que judíos, comunistas, homosexuales, afroalemanes y opositores políticos- fueron trasladados a los campos de concentración para su uso trabajadores forzados y esclavos en la industria carbonífera y armamentística.  El 1 y 2 de agosto de 1944 transcurrió la Zigeunernacht (La noche de los gitanos): 4500 gitanos fueron ejecutados en Auschwitz. Se trató de la Samudaripen  (el Holocausto gitano) en el que se estima que alrededor de medio millón de gitanos de diversos países europeos fueron asesinados en los campos de concentración. Sin embargo, el antecedente la política de limpieza étnica romaní comenzó con la República de Weimar a través de la costumbre de la Kinder der Landstrasse (secuestro de niños) que eran trasladados para la realización de trabajos forzados. 

    La Unión Soviética no pasó desapercibida en su política de expulsión de los gitanos bajo la acusación de actividades antisoviéticas y colaboracionismo con los nazis. Stalin fue el arquitecto y Beria el ejecutor de las deportaciones en masa de la docena de pueblos y comunidades para suministrar mano de obra prácticamente esclava a los gulags de Siberia y el Cáucaso.  A su vez, esta expulsión vino de la mano del saqueo de las pertenencias de las familias por parte de la NKVD, policía secreta soviética.  

    En julio de 2010, el gobierno francés de Nicolás Sarcozy decidió expatriar a los gitanos a sus países de origen, aduciendo que se encontraban en el país ilegalmente. Esta medida fue acompañada de la destrucción de los asentamientos en el interior. Para defender su decisión, el Estado galo expuso  que esta comunidad mostraba una tendencia a la ilegalidad y la criminalidad. 

    La demonización de la figura del gitano como un personaje ladino, timador y con fuertes rasgos de misticismo perduró hasta la actualidad y ocupó un lugar entre las más inverosímiles leyendas urbanas. Personajes como Mickey O´Neil (Snatch, Cerdos y Diamantes, 2000) y Thomas Shelby (Peaky Blinders, 2013) nos muestran que los estereotipos alrededor de los gitanos tambien fueron explotados por el séptimo arte.  No obstante, por más de medio milenio las comunidades gitanas lograron resistir a toda legislación represiva y segregación cultural. 

Léase

Anderson, P. (2013). El Estado Absolutista. Siglo Veintiuno Editores. 

Bambery Ch. (2014). Historia marxista de la Segunda Guerra mundial. Pasado & Presente.

Marie, J. J. (2013). Beria. Le bourreau politique de Staline. Tallandier.

Venturi, F. (2014). Utopía y reforma en la Ilutración. Siglo Veintiuno Editores.


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