El presente escrito se inserta en las últimas producciones académicas concernientes a desmitificar la visión del Estado faraónico en el Antiguo Egipto como un ente autoritario. En un mismo sentido, se avanzó en los debates acerca del carácter de la organización laboral en las obras públicas y monumentos dejando de lado la tesis del empleo de mano de obra esclava para dicho fines. En nuestro caso, a partir de los últimos hallazgos arqueológicos pudimos notar que los campesinos egipcios gozaron de cierta capacidad de autonomía frente a la presión estatal para forzarlos al trabajo.
Cuota de Trabajo y Superexplotación
Con ciertos matices, el trabajo en el Antiguo Egipto se caracterizó por una doble tributación. Las aldeas campesinas debían entregar una parte de sus cosechas y contribuir con cuotas de trabajo en las obras públicas, monumentos religiosos, las tierras y talleres estatales y la mina. Este sistema requería de una capacidad organizativa y coercitiva de funcionarios y soldados para movilizar los contingentes de trabajadores a sus respectivas labores. Las cuotas de trabajo se podía repartir entre obligaciones con relaciones al faraón o sus funcionarios menores (visires) y sacerdotes. En una estela real de la Dinastía XI se puede leer:
Mi majestad envía a su príncipe hereditario, gobernador de la ciudad y visir, favorito del rey, Amenembat, con un ejército de 10000 hombres de los nomos del sur (...) para traer para mí un bloque majestuoso de esta piedra pura y valiosa de esas montañas.
Una campesino que era enviado a cumplir su cuota de trabajo podía alejarse de su familia y aldea por mucho tiempo. Por lo tanto, en las obras se organizaban una suerte de barrios donde se albergaban los trabajadores donde recibían sus raciones y eran remunerados con unidades de cerveza. Esta forma de pago a veces era malgastadas en apuestas, bebidas y prostitutas cuyos establecimientos se ubicaban alrededor de estas improvisadas viviendas. Al interior de la mano de obra existía una división interna: los trabajadores comunes y los especialistas. Estos últimos gozaban de ciertas ventajas en materia de hospedaje, remuneración y jornadas de trabajo.
Esta situación dio un giro copernicano en el Imperio Nuevo (1570-1067 a.C.). La intromisión imperial hacia las tierras vecinas (Nubia, Fenicia e Israel) se caracterizó por la formación de Estados clientelares que debían proveer de contingentes de personas para el ejército y el trabajo forzado. Las cifras provenientes de los registros oficiales ofrecen el siguiente panorama: 166.000 aproximadamente fueron deportadas por parte de los Estados vasallos hacia Egipto.
Como mencionamos anteriormente, el Estado egipcio tuvo problemas para garantizar el suministro de mano de obra. Además de la disponibilidad, existía una serie de artilugios de parte de los campesinos para eludir el cumplimiento de sus cuotas de trabajo. Una de la más comunes era la fuga de las obras y la inasistencia al trabajo con determinados justificativos. En una estela del período de Ramsés II (1279-1213 a. C.), se descubrió un listado de razones por las cuales las personas no pudieron concurrir a sus labores:
Bebiendo con Khonsu; Enfermo; Elaborando cerveza; Envolviendo el cuerpo de su madre; Su madre estaba enferma; Enterrando al dios; Ofrenda a su dios; Con Khons haciendo remedios; Sufriendo con su ojo; Fortaleciendo la puerta; Su esposa estaba sangrando (menstruando); Embalsamando a su hermano; Lo picó un escorpión; Envolviendo el cuerpo de su hijo
James Scott afirma que esta situación representaba una especia de estrategias pasivas de resistencia por la cual el sujeto dominado logra su cometido y evita una confrontación directa con el sector dominante. Otro argumento podría ser la deficiencia en el control o la presencia de un Estado progresista en materia laboral. Sin embargo, ambas situaciones fueron tratadas por el gobierno faraónico a través del incremento del aparato burocrático y la modificación de la legislación laboral para resolver el problema del suministro de mano de obra. Por ejemplo, para suprimir las fugas de trabajadores se resolvió con el remplazo de un familiar. Incluso, el envío de personas vía la deportación o la migración forzada pudo ser un aliciente para remplazar el inconveniente del ausentismo laboral. A su vez, esto fomentaba la xenofobia entre los egipcios en relación a los nubios y hebreos.
También se podría hipotetizar que la debilidad o flexibilidad estatal pudo ser el resultado de períodos de revueltas campesinas ante determinados contextos de sequía, hambrunas y carestía. Desde esta perspectiva hay que interpretar la máxima de Ptahhotep, un sabio del III Milenio: El hombre que tiene el vientre vacío es un [potencial] acusador. En las Enseñanzas a Merikara, el faraón Kheti aconseja a su hijo:
Un pobre puede convertirse en un enemigo, un hombre que vive con estrecheces puede convertirse en un rebelde. A una muchedumbre que se ha rebelado, se la calma con alimentos, cuando la muchedumbre esta encolerizada, se la dirige al granero.
Véase
Bresciani, Edda. (2011). "Alimentos y bebidas del Antiguo Egipto", en Flandrin J. y Montanari M. Historia de la alimentación. Ediciones Trea. pp. 67-94.
Ferguson, J. (2006). "Estado, trabajo y trabajadores en el Antiguo Egipto: el Reino Medio (2055-1650 a. C.)", en Campagno M. Estudios sobre parentezco y Estado en el Antiguo Egipto. Ediciones del Signo. pp. 147-166.
Langer, Cr. (2020). "Forcer labour and Deportations in Ancient Egypt: Recent Trends and Future Possibilities", Claroscurso, n°19, pp. 1-22.
Moreno García, J.C. (2004). Egipto en el Imperio Antiguo . Edicions Bellaterra.
Scott, J. (2021). Los dominados y el arte de la resistencia. Txalaparta.
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