Año
53 a.C., y la República romana se encuentra sacudida en una cruenta guerra
civil que desgarra todo el territorio de su imperio. Lejos de todos tintes
honoríficos, el Senado se había convertido en un recinto para el ingreso de arribistas y especuladores que aprovecharon la rivalidad entre los optimates (conservadores) y los
populares (demagogos) para obtener sus propios beneficios. Entre estos
personajes se encontraba Publio Claudio Pulcro, popularmente conocido como Clodio.
A través de la vida de este individuo, que llegó a considerarse el dueño "de facto" de Roma, nos introduciremos en los más profundo de la sociedad y en el fragor de
la lucha por el control de los resortes del poder.
Un joven patricio
De acuerdo a Jeffrey Tatum, Publio Claudio Pulcro nació en el año 92 a.C en el seno de una familia aristocrática romana o, más precisamente, patricia. Su linaje se remontaría a los principios de la expansión territorial de Roma, cuando sus antepasados fueron reconocidos por sus victorias militares frente a los sabinos y los galos. Por estas proezas, la gens Claudio se había convertido en una distinguida familia a tal punto que Tatum ironiza: “no hubo época en la historia de Roma que no se pudiera mostrar a un Claudio”. Como parte de la élite tradicional, la gens Claudia apoyó a la facción conservadora u optimate dado que consideraban que era necesario defender sus intereses frente a los populares que amenazaban a la República al concederles privilegios a la turba de pobres, mendigos y campesinos arruinados con sus proyectos de ley.
Como todo joven aristócrata, Publio Claudio comenzó su itinerario político en dirección hacia el Senado por medio de la carrera militar. De esta forma, fue apadrinado por Licinio Lúculo, cónsul y optimate, e integró las huestes romanas durante las guerras mitridáticas en Asia Menor. Pero el empantanamiento de Lúculo despertó la ira de los legionarios que exigían mayores ingresos y recursos. Frente a la negativa del cónsul, Publio Claudio encabezó una sublevación y fue castigado con la degradación política.
En el
año 65 a. C., Publio Claudio fue cobijado políticamente por Cicerón, uno de los
representantes optimates más influyente
en el Senado. El famoso jurista utilizó a Claudio como guardaespaldas y un instrumento
para organizar una fuerza de choque compuesta por los sectores más humildes de
la plebe y esclavos. Así, conoció y se vinculó con el mundo del hampa romano marcado por las apuestas,
el proxenetismo y el mercado negro. Su antecedente en el amotinamiento y sus
relaciones con los sectores “olvidados” de Roma generó en un mayor desprecio por parte de la elite tradicional patricia. Al
verse imposibilitado de vestir la toga senatorial por la vía optimate, nuestro personaje decidió
cambiar de bando.
"Llámenme Clodio"
El quiebre de la relación entre Cicerón y Publio Claudio fue en el año 62 a. C, con el suceso de Bona Dea que dio lugar a una nueva alianza con un individuo de la facción popular en ascenso: Cayo Julio César. En el marco de la celebración de las jóvenes vestales y bajo el restrictivo veto a los hombres, Publio Claudio ingresó a la propiedad de César, se vistió de mujer con el motivo de cotejar a su esposa, Pompeya, proveniente de una familia simpatizante de los optimates. Acusada de sacrilegio y adulterio, Pompeya fue humillada y se garantizó la ruptura matrimonial con César sin un costo político para este. Con dinero popular, Claudio salió airoso del juicio gracias al soborno a los jueces.
Lo transcurrido en Bona Dea reorientó la carrera de Publio Claudio dado que su vínculo con César fue beneficioso para ambos. Por un lado, nuestro personaje recibió el apoyo necesario para su elección como Tribuno de la Plebe en el año 58 a. C. De esta forma, podía utilizar su cargo público para profundizar su inserción en las barriadas romanas y constituir un ejército de plebeyos que le fuese leal. En cambio, César necesitaba de un esbirro que limitase la influencia de los optimates mientras iniciaba su campaña militar hacia Las Galias. A su vez entendía que era necesario que un sujeto controlase a la masa plebeya porque sostenía que no temía en el "hombre bien alimentado" sino del "pálido y hambriento".
Un claro ejemplo de este apoyo mutuo se dio durante el voto de la ley agraria que le otorgaba tierras a los soldados veteranos leales a Pompeyo. Para evitar el voto opositor de los optimates, Publio y sus seguidores armados bloquearon la salida de los senadores que se encontraban en el domicilio de Cicerón hasta que se consumara la votación.
Publio Claudio consideraba que se encontraba ante una nueva etapa de su vida. Su ruptura con los optimates se trasladó al seno familiar que lo consideró un traidor y “amigo de las turbas”. En ese instante, decidió renunciar a los honores patricios para ser adoptado por una familia plebeya rica el cual les permitió ser electo como Tribuno de la Plebe. En el día de su asunción, Publio se dirigió a la multitud de personas que se había movilizado ante las innumerables promesas de entrega de pan, trigo y tierra. Sin arrepentimientos, les declaró la guerra a los optimates, particularmente a Cicerón, y dijo: “desde hoy dejo de ser Publio Claudio… Llámenme Clodio”.
Un gangster al poder
Como Tribuno de la Plebe y gracias al apoyo de los senadores populares, Clodio dio lugar a una cacería de los optimates para garantizar lo solicitado por Julio César: el control de las calles. Para ello necesitaba impulsar una serie de leyes que le permitiese ganarse la simpatía de los sectores populares romanos. En primera instancia, al controlar el mercado negro del comercio de trigo, inició una campaña de distribución de granos a bajo precio cuya diferencia era abonada por el Estado. Luego prosiguió a incrementar el poder de las asambleas populares la cual estaban controladas por personas que le eran leales.
Pero la medida más importante de Clodio fue el restablecimiento de los collegia. Se trataban de clubes, gremios y corporaciones organizadas por oficio e integradas por trabajadores y esclavos. Dentro de la ley se disponía que los integrantes de los collegia podían portar armas. Entonces, ante una situación de inestabilidad social estas asociaciones se transformarían en bandas armadas que responderían al llamado del caudillo popular.
Clodio incrementó su poder y lo dirigió hacia su principal rival político: Cicerón. Decretó la confiscación y subasta de todas las propiedades del jurista y que su propiedad frente al Palatino fuese derribada. Con el dinero obtenido de la subasta se compró granos para ser distribuido entre la población. Mientras que Cicerón tuvo que optar por el exilio.
No llores por mi Roma
El poder alcanzado por Clodio no solo generó el temor entre los optimates. Algunos senadores populares creían que tarde o temprano serían las próximas víctimas del caudillo. Esta preocupación incluso llegó al propio Julio César que decidió quitarle el apoyo político mientras tácitamente dejaba que Milón, un caudillo alentado por la facción optimate, comenzase a disputar los espacios públicos a Clodio. Mejor dicho, se entrometió en los negocios relacionados con el proxenetismo y la compraventa de granos.
El
enfrentamiento entre Clodio y Milón se dio en la conocida “batalla de la Vía
Apia” en el 52 a. C. En pleno centro romano, ambos bandos protagonizaron una
reyerta digna de Pandillas de New York, la
película de Martin Scorcese (2002). Clodio fue asesinado y sus seguidores
enardecidos establecieron su pira funeraria dentro de
la Curia Hostilia, sede del Senado, incendiando el propio edificio.
Mientras que Milón fue acusado de asesinato y no contó con el apoyo de los optimates. Su papel en la lucha política
había caducado.
La trayectoria de Clodio nos resulta ilustrativa al mostrarnos como los sujetos intervienen en funcion de sus intereses y elecciones. A su vez, la lucha gangsteril dentro y fuera del Senado, principal órgano de poder, nos da a las claras que la República romana se había convertido en un cadaver insepulto.
Robert Knapp se preguntó acerca de la creciente simpatía que generaron individuos como Clodio entre los pobres romanos. Considera que este apoyo no debía buscarse en idea de subversión del orden político sino más bien en una necesidad de justicia contra la aristocracia senatorial. Estaban convencidos de que si todos, especialmente los ricos, viviesen de acuerdo con las normas, habría un entorno estable en el que podrían sobrevivir, celebrar sus ceremonias y pagar lo que debían. Cuando este principio de justicia se quebrantaba, los dioses enviarían el mensaje a los aristócratas a través de las manos de personajes que se ganarían el apoyo de las masas impartiendo a la elite su merecido. De lo contrario, el miedo de Cicerón y los senadores romanos posiblemente se hubiese visto consumado: un gobierno de las turbas.
Léase
Alfoldy, Geza. (1997).
Historia social de Roma, Editorial
Crítica.
Plutarco. (1986). “Cicerón”
en Vidas Paralelas, Vol. IV,
Editorial Gredos.
Knapp, Robert. (2023).
Los olvidados de Roma. Gladiadores,
prostitutas, forajidos, esclavos y hombres y mujeres corrientes, Ático de
los libros.
Posteguillo,
Santiago. (2023). Maldita Roma. La
conquista del poder de Julio César, Ediciones B.
Tatum, Jeffrey W. (1999). The Patrician Tribune: Publius Clodius Pulcher, University of North Carolina Press.
Toner, Jerry. (2018).
Sesenta millones de romanos. La cultura
del pueblo en la antigua Roma, Editorial Crítica.
Excelente.
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