Los autores clásicos recogieron aterrados cómo algunas tribus peninsulares asesinaban a civiles para adivinar el futuro y preferían comerse unos a otros, antes que rendirse. Numerosas fuentes hacen referencia a sacrificios humanos efectuados entre los pueblos de Hispania. Cicerón aseguraba que "los sacrificios humanos tenían en Hispania el mismo carácter que en la Galia, donde eran muy frecuentes". Julio César, por su parte, es algo más explícito: "los que se ven aquejados de enfermedades graves o andan en continuas luchas y en peligro inmolan hombres como víctimas o hacen votos de inmolarse ellos mismos, pues creen que no hay modo de aplacar a los dioses inmortales si no es ofreciendo la vida de un hombre por la de otro.”
Pero, sin lugar a dudas, el testimonio más contundente nos lo proporciona Estrabon, " Los lysitanoi (lusitanos) hacen sacrificios y examinan las vísceras sin separarlas del cuerpo; observan así mismo las venas del pecho y adivinan palpando. También auscultan las vísceras de los prisioneros, cubriéndolas con "sagoi" (mantos especiales de lana). Cuando la víctima cae por la mano del "hieroskópos" (adivino), hacen una primera predicción por la caída del cadáver. Amputan las manos derechas de los cautivos y las consagran a los dioses".
¿Por qué la mano derecha? Porque era la mano militar y política. Sin ella, la víctima no podía empuñar la espada, ni combatir, no era nadie. También perdía la capacidad de chocar la mano para sellar un pacto. En la práctica, era la muerte en vida.
Cabe pensar que este tipo de ceremonias fueron relativamente frecuentes entre los lusitanos y otros pueblos del interior peninsular. Los romanos, tras su conquista, dictaron prohibiciones para tales prácticas, cuyo cumplimiento efectivo es más que dudoso. Así, el procónsul de la Ulterior Publio Craso, el mismo que en el año 97 a. C. ya los había prohibido en Roma, tiene noticia de que los bletonenses (que habitaban cerca de Salamanca) habían realizado sacrificios humanos en honor a sus dioses. Requeridos los responsables por el procónsul se excusaron alegando ignorancia de las prohibiciones dictadas, y fueron absueltos bajo la amonestación de que en adelante acataran las disposiciones romanas. También, en ocasión de los funerales de Viriato, se realizaron sacrificios humanos, sin que se sepa a ciencia cierta quienes eran los sacrificados, pero debieron ser bastantes para honrar a tan ilustre difunto.
Famosos fueron también, los sacrificios de niños recién nacidos que practicaban fenicios y cartagineses; y que fueron asimilados por las colonias púnicas de la Península. Existieron sacrificios infantiles en Cádiz, confirmados por las prohibiciones que César y posteriormente Tiberio se ven obligados a dictar, castigando con pena de muerte, a los padres que sacrifiquen a sus hijos. Tertuliano, que fue testigo de estos sacrificios, narró la existencia de sacrificios humanos en Cádiz durante el siglo segundo de la Era Cristiana. Este rito debió estar fuertemente arraigado en las zonas de herencia cultural fenicio-cartaginesa, ya que, a pesar de penas tan severas, no se había erradicado y siguió celebrándose de manera clandestina. Otro tipo de sacrificio infantil puede encontrarse también entre los íberos. El hallazgo en algunos poblados de urnas conteniendo restos de niños de corta edad sepultados bajo los muros de algunas construcciones, ha sido interpretado por algunos investigadores como sacrificios rituales de fundación.
El canibalismo también fue una práctica de los hispanos durante la invasión romana de la Península. El episodio más llamativo sucedió en Numancia. Durante muchos años, Numancia se erigió como un bastión contra el enemigo y se transformó en un baluarte que minaba la moral de los romanos, que se sentían impotentes ante la determinación de aquellos a los que habían invadido. Sin embargo, en el 134 A.C., todo cambió gracias a Publio Cornelio Escipión Emiliano. En lugar de atacar frontalmente, Escipión prefirió levantar un cerco para matar a la urbe de hambre. Era una ciudad muy pequeña, con muy pocos recursos bélicos, y, a pesar de eso, tuvieron en jaque a Roma durante décadas. Fue un aguijonazo en el orgullo de la República. Escipión acudió con cerca de 60.000 soldados. Pero confiaba tan poco en sus legionarios que hizo un cerco. Rehuyó el combate, no se arriesgó y, en un mes, ya tenía montada la empalizada, dos campamentos y siete fortines.
Tras diez meses de asedio, el hambre doblegó a los defensores. Apiano de Alejandría, el cronista principal de las guerras numantinas y de los últimos momentos de la ciudad, dejó escrito en su libro sobre las guerras de Iberia que, al final, se estaban muriendo de hambre. En los textos se especifica que empezaron a comerse a los muertos y que incluso, cuando estos faltaron, dieron buena cuenta de los endebles. Su debilidad les impedía luchar. Era un momento de desesperación absoluta. Luego chuparon el cuero y los huesos de los caídos. ¿Hasta qué punto puede calificarse de leyenda? Lo más probable es que haya sucedido, la realidad a veces es muy cruda y supera ampliamente a la ficción.
El cronista Valerio Máximo fue más explícito: «Los numantinos, rodeados por Escipión con una empalizada y un terraplén, una vez que habían agotado todo cuanto podía saciar su hambre, comenzaron, como último recurso, a comer carne humana. Por eso, al ser tomada la ciudad, se descubrió que muchos llevaban aún en el regazo trozos y miembros de los cuerpos descuartizados».
Pero el de Numancia no fue el único episodio de canibalismo en Hispania. Casi medio siglo después se volvió a repetir la escena en Calahorra (Calagurris). Fue entre el 72-73 a. C., cuando finalizaron las guerras sertorianas, una guerra civil entre romanos que arrastró también a los hispanos. El ejército pompeyano asedió la ciudad de Calahorra, los ciudadanos no se quisieron rendir y se dio la 'Fames calagurritana'(Hambre de Calahorra). Prefirieron comerse unos a otros antes que capitular.


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