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Vidas Imaginarias de Marcel Schwob, o los intersticios de la Historia.

 


Por Flavio Zalazar

   Es una de las obras más citadas desde que fue escrita, y encierra en pocas páginas la exquisita sensibilidad del autor y la inauguración de un nuevo “tipo” literario que oscila entre la historia y la ficción

 

   Ya el prefacio escrito por el francés sugiere lectura. Dice: “El arte es todo lo opuesto a las ideas generales: solo describe lo individual y no desea más que lo único. No clasifica; desclasifica”. Tesis y estilo glacial que mantendrá a lo largo de veintidós biografías de personas históricas que apenas se sabe de ellas, montadas en una portentosa imaginación. Lucrecio, Petronio, Pocahontas, El Capitán Kid, y tantos más acuden al texto de una manera activa, contradictoriamente viva. Tal influencia puede encontrarse en Jorge Luis Borges, entre otros. El mérito de Schwob, sin dudas.

   Sus biógrafos señalan que, en el armado del libro, el escritor- filólogo de profesión- consultó fuentes que van desde Diógenes Laercio hasta De Quincey y los archivos de la policía londinense, pasando por los historiadores griegos y latinos, los tratadistas de la Cábala, los cronistas de la Edad Media y los anales de piratería; recorriendo con eficiencia tanto geografías como ciclos históricos disímiles. Y como ejemplo, una gema:

 

                                       Katherine La Encajera” (reseña)

   Nació a mediados del siglo XV en una calle de Paris, un invierno tan crudo que los lobos corrían por la ciudad en la nieve. La crio una vieja entre bobinas de hilos, legándole el oficio de los encajes. 

 

  Pronto dejó de cocer botones ante la muerte de la vieja. Alquiló un cuartito, comerció con víveres. Harta del encierro se largó a los caminos, donde ejerció la prostitución. Los viajeros la bautizaron Hocico. No recibía monedas de plata ni escudos de oro. Vivía pobremente de pan y queso, y de su escudilla de agua. Se hizo amiga de unos miserables que le susurraban de lejos “¡Hocico! ¡Hocico!”, y ella los amó.

 

    Su mayor tristeza era oír las campanas de las iglesias y las capillas, pues Hocico recordaba las noches de junio en que solía sentarse, vestida de su chupa verde, en los bancos de los soportales santos. En aquel tiempo que envidiaba los atavíos de las señoritas; ahora ya no le quedaba ni el rodete ni la caperuza. Con la cabeza descubierta, esperaba su pan, apoyada en una losa áspera. Y en la noche del cementerio-donde pernotaba- extrañaba las velas rojas del establecimiento de baño, y los juncos verdes del cuarto cuadrado, en vez del barro inmundo en que se hundían sus pies. 

 

   Una noche, un rufián que se hacía pasar por soldado, degolló a Hocico para robarle el cinto. Pero no encontró ninguna bolsa.

 

 

 

   Años después de la primera edición del libro, Marcel Schwob contrae una parálisis que lo inmoviliza de por vida. Los que lo conocían hablaban que no hacía más que afirmar un sello traído de la cuna: habitar en sus mundos imaginarios. 

 

                                                                                      

 

 

 

 

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